La firma holandesa Kipster vende cada uno de sus huevos a 24 céntimos de euro y en ese alto precio nada tuvo que ver la escasez propiciada por el escándalo del fipronil. La razón que alega para hacerlo es que los produce generando CO2 neutro, es decir, sus procesos emiten ese gas al mínimo y lo poco que se genera se compensa con inversiones en reforestación.

Buen punto, pero ¿eso justifica cobrar hasta 50 por ciento más que la competencia sin CO2 neutro? ¿Al fin qué? ¿Es rentable o no ser ambientalmente responsable? La pregunta es válida porque además del compromiso de contaminar menos, siempre se ha dicho que las eficiencias ganadas con tecnologías limpias se ven reflejadas en los saldos contables porque se gasta menos en recursos como la electricidad y el agua. El prometido retorno rápido de la inversión.

Suena curioso entonces que en el primer mundo se aduzca la producción limpia para cobrar más y aquí nos vendan esos avances precisamente para que gastemos menos, seamos más eficientes y ampliemos en algo los estrechos márgenes de utilidades en un sector amenazado por la sobreoferta. Aparte del mercadeo, no se ve cómo se podría justificar un precio diferencial alto por razones medioambientales.

Por lo menos esa es la promesa de las casas vendedoras de equipos y en eso hasta creen los gobiernos. En Colombia, por ejemplo, si demuestras que adquieres bienes de capital para lograr producciones más limpias, te descuentan hasta el 40 por ciento de los impuestos generados por la compra.

¿Será que la progresista Europa es diferente? Con seguridad, pero no en incentivos; será más bien en el mercado, con consumidores que pueden pagar tales precios para mejorar sus conciencias a la hora del desayuno.

Y es que Kipster, a primer vistazo, no hace nada que pudiera justificar ese sobrecosto, como lo informó el diario español 20 Minutos: ponedoras que comen menos y  producen más, las alimentan con sobrantes y genera su propia energía con paneles solares.

Aprovechar gallinazas y pollinazas para obtener energía, actualizar flotas distribuidoras para reducir emisiones, financiar plantaciones forestales y usar otras energías alternativas (paneles solares, molinos de viento o las promisorias microcentrales hidroeléctricas) son emprendimientos cada vez más comunes entre los grandes productores de huevos en Latinoamérica.

Hasta ahora, no conozco al primero que decida “castigar” a sus consumidores, vía precio al detal, por sus mejores eficiencias.