La semana pasada escribí en este espacio sobre las barreras involuntarias de mercado e infraestructura que han impedido el arribo de más pollo estadounidense a estas tierras. Ahora es el turno de hacerlo sobre las talanqueras explícitas que se nos esgrimen para evitar que nuestros excedentes avícolas lleguen a los mercados de mayor poder adquisitivo.

Bueno, antes que nada, no podemos desconocer que habría razones objetivas de mercado (menores eficiencias, dependencia de materias primas importadas), pero pese a que en algunos de nuestros países se ha hecho la ardua tarea de superarlas y ofrecer un producto competitivo, se mantienen otras barreras que son más políticas, así vengan disfrazadas de técnicas: controles sanitarios y aranceles proteccionistas.

En esta oportunidad quiero llamar la atención sobre dos recientes decisiones tomadas por los mercados más reacios a recibir nuestro pollo y que como decimos los colombianos “nos dan caramelo” cada tanto, prometiendo aperturas condicionadas que no llegan a su anhelada consumación. Y así nos han tenido años y años.

El proteccionista gobierno estadounidense de Donald Trump creó un cargo inédito: Subsecretario para el Comercio y los Asuntos Internacionales del Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Su primer titular es Ted McKinney, un ejecutivo afable que hace unos días estuvo en Bogotá y trajo un mensaje ambiguo: “No deberían temernos”. Su función es profundizar el comercio agropecuario de la gran potencia con el resto del mundo, obviamente a favor del campo norteamericano.

También dijo algo que estoy seguro repetirá allí donde vaya dentro de nuestro bloque regional: “Sabemos que Colombia quiere acceso a varios productos: ganado, el sector avícola, frutas y vegetales, entre otros, y queremos que tengan acceso. Pero también tenemos reglas y protocolos sanitarios, que son los mismos para cualquier país. Estuvimos hablando con representantes del Gobierno sobre el tipo de requisitos que hay cumplir para acelerar el proceso”.

De esas 'aceleraciones' saben bien los avicultores hondureños, por ejemplo, que llevan casi 10 años aferrados a una promesa similar en el TLC que suscribieron con los EEUU. Creo que en los últimos cinco años he leído en la prensa de ese país varias veces titulares escritos más con el deseo que la sustancia: “Honduras cerca de exportar pollo a los Estados Unidos”. Y se acabó 2017 y nada.

Lo mismo sienten los socios de Mercosur, el bloque conformado por Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay. Llevan desde 2004 persiguiendo una mayor apertura de la Unión Europea al pollo producido en este bloque, adicional al brasileño que ya se vende con restricciones allí. Bajar el arancel y eliminar cuotas piden los suramericanos; se podría bajar el impuesto pero manteniendo los contingentes, dicen los europeos. Y así el baile va para 15 años; tal vez se cambie la canción en 2018, pero no parece. El pollo sigue siendo “producto sensible” para ellos... como si no lo fuera para nosotros también.