No existe formalmente la palabra “conspiranoia”, ni me la inventé yo tampoco. Por si hiciera falta explicarlo, combina otras dos muy conocidas (conspiración y paranoia), y viene a significar algo así como la actitud enfermiza de ver conspiraciones a toda hora.

Aunque bien dice el chiste que ser “conspiranoico” no evita que estén conspirando contra ti, esa palabra forzada me sirve para ilustrar los tambores de guerra que se responden cada vez que pueden los gremios pecuarios y las organizaciones promotoras de estilos de vida y consumo alternativos (por llamarlas de alguna manera).

Para estas últimas, todo lo que hace la industria cárnica es una suerte de “genocidio desalmado”, ensañado contra millones de animales. Para los gremios constituidos, el accionar de dichas organizaciones está enmarcado en el “diabólico lobby vegano” que busca acabar la industria y volvernos a todos unos fóbicos a las carnes.

No dudo que algunos crean eso y hasta promuevan tales caricaturas con convicción. Es su derecho. Pero con humildad pienso que sostener esos puntos de vista —sobre todo en la industria avícola, que es la que me importa— no es una actitud sana dialécticamente ni útil para ninguna de las partes, en especial para el consumidor, que es la base de nuestro negocio.

La mejor manera de desarmar una conspiración es la transparencia, lo contrario a la opacidad que debemos reconocer todavía se tiene como una vergonzante postura respecto a nuestro quehacer. Nadie podrá chantajearte si tu gestión es clara y abierta, si no tratas de esconder nada.

La forma más eficiente de desarmar un escándalo va más allá de hacer las cosas bien; involucra, sobre todo, que la gente entienda que las estás haciendo bien y por su bien. Lejos de la visión edulcorada de la publicidad corporativa, la industria debe darse a conocer como es; por qué hace lo que hace fruto de años de investigación y desarrollo para brindar alimentos de calidad, al mejor precio y con el mayor respeto posible por nuestras aves.

Haciendo esto y mostrando el compromiso por mejorar cada vez más en eficiencias y bienestar animal, con mayor investigación e innovación, ¿qué espacio le dejaríamos a los “conspiranoicos” con quienes seguimos mostrándonos los dientes? Además, no sobra aprovechar un sabio consejo que por soberbia olvidamos: “No deseches una buena idea porque no te gusta de quien viene”.

Sus críticas bien pueden ayudarnos a mejorar. Lo sabemos. Así comamos distinto, podemos sentarnos en la misma mesa. Por lo menos, que no sea nuestra la decisión de no hacerlo.