Anoche me acosté justo después de haber leído la noticia en el periódico Reforma digital del nuevo brote de influenza aviar que se notificó en el estado de Aguascalientes, en el Occidente mexicano. Según los informes, el virus A H7N3 tiene una similitud genética del 99 por ciento con el virus que se propagó en el brote de Los Altos de Jalisco hace unos 6 o 7 meses. Hasta el momento, según el informe MEX 09-01-13 OIE A, han muerto 284,755 aves, de las cuales sólo 740 son muertes de la enfermedad y la vasta mayoría por sacrificio.

El estado de Aguascalientes, es una entidad federativa muy pequeña, la número 28 de 32, con apenas 5,471 km2. No obstante, en producción de pollo representa un sobresaliente 10 por ciento de la producción nacional (según datos de la Unión Nacional de Avicultores), mientras que en ponedoras, representa menos del 1 por ciento, según otras fuentes. Por su cercanía a la zona de Los Altos, y quizás por las amplias vías de comunicación, lo convierte en una región altamente susceptible. Recuerdo que en alguna de las muchas presentaciones que he oído sobre el tema, se mencionaba que al inicio del brote pasado, todas las granjas contaminadas eran las que colindaban con carreteras de alto tráfico.

Quiero resaltar, que una vez más, es de alabarse que haya sido precisamente el avicultor afectado el que alertó a las autoridades hace apenas 5 días, y que estas (Gobierno del estado y Senasica) hayan actuado rápidamente, a pesar del “hermetismo” del que habla el periódico, que considero que tiene su razón de ser, para  confirmar el caso y no causar pánico.

Confieso que no tuve pesadillas al respecto, pero al despertarme, mis primeros pensamientos se centraron en esta mala noticia para la industria avícola mexicana. Me parece que es tiempo de evaluar la situación a fondo para acabar de una vez por todas con este flagelo.