Pollo y huevo ¿no son tan sagrados para Semana Santa?

El pollo y el huevo son alimentos saludables y mucho más económicos que bien pueden acompañar la dieta de más de 1,100 millones de católicos en estos días santos. ¿Por qué no?

Wim De Smet, Freeimages.com
Wim De Smet, Freeimages.com

Estudios de mercadeo en México, uno de los países con mayor población católica en el planeta, muestran que el consumo de pescados y mariscos crece hasta 15 por ciento en los días de cuaresma y Semana Santa, la más importante conmemoración ritual del catolicismo que evoca los últimos días y la resurrección de Jesucristo.

Puntos porcentuales más o menos, una realidad similar se vive en el resto de nuestra región latinoamericana, donde sigue siendo fuerte la costumbre de cambiar las carnes rojas por blancas en algunas fechas sacras especiales. Según tal precepto, se podría escoger la carne de pollo, inclusive el huevo, pero el pueblo católico se decanta abrumadoramente por los pescados y los mariscos.

Aunque no es muy claro el origen de este dogma sobre la dieta ritual católica, se dice que la abstención de carnes rojas conlleva el simbolismo de apartarse de lo mundano, de lo sensual; en tanto que la carne blanca se percibe como un alimento de origen volátil, propio del mundo etéreo del aire y del agua.

Además, recordemos que en los primeros años del cristianismo, la palabra griega “ichtus” (pescado) y el signo de dos arcos cruzados formando una especie de pez servían para identificar a los devotos y sus comunidades. Ichtus, en esa realidad conspirativa, era la sigla conformada por las iniciales de la frase en griego “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”.

La tradición de trocar carnes rojas por blancas, con preferencia al pescado y los mariscos, se puede rastrear al siglo V de nuestra era y algunos teóricos sostienen que se debe a la otrora creencia de que las criaturas acuáticas se reproducían de manera asexuada. De las aves de corral, en cambio, se sabía de su “ánimo lascivo” —por decirlo de alguna manera—, lo que con seguridad habría determinado la preferencia ritual de unas carnes blancas sobre otras.

En estos tiempos en que la avicultura comercial produce cientos de millones de toneladas de alimentos de calidad mediante huevos de gallinas vírgenes y pollos de engorde célibes, esa lejana prevención gastronómica de la que nadie sabe o se acuerda, parece hoy más que nunca una anacrónica charada.

El pollo y el huevo son alimentos saludables y mucho más económicos que, por razones objetivas y otras no tanto, bien pueden acompañar un poco más la dieta de más de 1,100 millones de católicos en estos días santos. ¿Por qué no?

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